El jardín verde de la casa del mártir ayatolá Jameneí y el jardín negro de la Civilización Occidental
Desde los primeros días de su liderazgo, el mártir ayatolá Jameneí plantaba plantones en el patio de su oficina de trabajo y se esforzaba por animar al pueblo iraní a plantar y cuidar árboles, convirtiendo esta práctica en una cultura pública. Cada año, a mediados de marzo, repetía este acto.
Imagen de la primera Plantación Pública de árboles en el año 2008
Cada año, este patio se volvía más verde y más fructífero. Al mismo tiempo, el pueblo y el gobierno de Irán, inspirados por su Líder, organizaban programas de plantación de árboles en estos días del año, y algunos, durante muchos años, cuidaban los plantones que habían sembrado en el Día del Árbol. Con el tiempo, esta práctica se convirtió en una costumbre entre los iraníes. El mártir Jameneí dedicaba sus palabras en este día a difundir la conciencia sobre la necesidad de proteger el medio ambiente, la importancia de combatir la deforestación, la tala de árboles y la destrucción de la vegetación. También recordaba al pueblo que plantar árboles y preservar el entorno natural es un acto fuertemente enfatizado en el islam.
Con el paso de los años, aquel patio se había convertido en un huerto acogedor. En él se encontraban distintos tipos de árboles, desde pinos y cipreses hasta olivos. Eran árboles que el propio Líder mártir había plantado con sus manos y de los que cuidaba personalmente.
Plantación de un olivo en honor a la resistencia del pueblo palestino en el año 2024
La última vez, apenas un año antes, el 5 de marzo de 2025, el ayatolá Jameneí plantó tres plantones en este patio, se detuvo junto a ellos y dirigió unas palabras al pueblo. Fue el último trazo de verdor que dejó sobre esta tierra.
Plantación de tres plantones el 5 de marzo de 2025
Aproximadamente un año después, pocos días antes de que el Líder mártir, según la tradición anual, plantara nuevamente varios árboles, las bombas estadounidenses-sionistas atacaron su casa, su oficina de trabajo y el patio contiguo. A primera vista, este ataque no parecía más que una operación de asesinato, pero su trasfondo y sus consecuencias revelaban una enorme distancia civilizatoria.
El mártir Jameneí y el patio arbolado de su casa y lugar de trabajo eran un símbolo de una civilización divina y ancestral. Se necesitan muchos años para que un hombre alcance su madurez en la religión, la política, la cultura y la gestión; y un hombre así dedica años a hacer florecer una tierra y a legarla a las generaciones futuras.
Pero, en el otro lado de la historia, las bombas de cientos de kilos que caen para matar a niños inocentes en Vietnam, Palestina, Irak y a los escolares de Minab, y que finalmente se emplean para asesinar al Líder de una comunidad, representan una civilización salvaje y efímera. Una civilización que ve todos sus deseos y aspiraciones limitados a este mundo y que, para alcanzarlos, no duda en sacrificar a otros pueblos ni tampoco a sus propias generaciones futuras.
Desde los primeros momentos del auge de la civilización sanguinaria de Occidente podía verse esto con claridad. Mataron a millones de nativos americanos y, en menos de un siglo, destruyeron por completo su cultura y su patrimonio para apoderarse de la madera, el azúcar, el maíz y el trigo. Cuando sus barcos llegaron a la India, redujeron a ruinas miles de años de civilización, cambiaron la religión de la población y les arrebataron su industria para poder dominar el comercio marítimo. En Hiroshima y Nagasaki convirtieron en cenizas, en cuestión de segundos, a cientos de miles de seres humanos, decenas de miles de familias y años de historia, solo para marcar límites frente al avance de sus rivales en territorio japonés.
Esta falta de civilización también ha destruido su propia vida. En su afán por explotar al máximo el mundo, han privado incluso a sí mismos y a sus generaciones futuras del agua, la tierra y los bosques.
El patio calcinado de la casa del Mártir Jameneí es hoy un símbolo. Un símbolo de una guerra civilizatoria: una guerra entre una visión divina, sabia y paciente de la vida, y otra visión demoníaca, voraz y codiciosa. El fuego de esta última quizá pueda oscurecer el rostro del mundo durante un tiempo, pero esas raíces que han penetrado lentamente en la tierra no se queman, y una y otra vez vuelven a brotar.
Mar. 7, 2026


